De por qué me dolió tanto el NO

Después de algo más de tres años, volví a mi país con la ilusión del abrazo de los míos, de conseguir que mi hija hablara en la lengua de su madre y de tener el espacio de una plenaria para exponer los resultados de una investigación de doctorado con lo cual pensaba darle cristiana sepultura y no volver a hablar de ella jamás. Dedicaré otra entrada a los resultados de esta,  pero por hoy quiero hablar de algo más personal.

En el año 2009, me vine a Australia con mi pareja de toda la vida para realizar estudios de doctorado. A mi regreso, pensaba en ese entonces, me esperaba una posición académica en una de las mejores universidades del país. Mi tema de investigación me apasionaba, y me apasiona aún, era la representación del conflicto en la prensa. Había pasado ya días enteros, en compañía de mí pareja y a veces mi hermano, en el archivo histórico de El Heraldo, pasando páginas y páginas manchadas de sangre. Tratando de capturar con una modesta cámara digital el horror de todos esos años. Eran sentimientos profundamente encontrados, porque el poder estar dentro de una de las mansiones del viejo Barrio El Prado, era para mi un sueño de mi niñez. Y estar en ese recinto, que algún día fue símbolo de opulencia, chocaba de manera brutal con la truculencia de las imágenes impresas que casi siempre tenían como protagonistas a los más pobres.

Ya en Australia, fueron casi cuatro años de meterme de lleno en los horrores del conflicto. A 15000 kilómetros de distancia, podía construir en mi mente el dolor de Fabio Alexander, quien de no ser por un cilindro bomba de las Farc que cercenó sus piernas, estaría ahora marcando los goles que le hacen falta a la selección Colombia. O la negación de Betty, pensando que tal vez habría forma de salvar a su bebé de 23 días de nacida de las balas que la habían alcanzado en el fuego cruzado entre los paramilitares y la guerrilla en el Nudo del Paramillo; o la angustia de la pequeña Helen quien murió de sed y de miedo al imaginarse lo que le estaría ocurriendo a su mamá en la cancha de El Salado. En algunos casos, la información del periódico era suficiente para obtener el cuadro dantesco de manera detallada. En otras, la escueta noticia en la que las víctimas no eran más que un número, armaba el rompecabezas con relatos  de las bases de datos de Noche y Niebla y otras ONG.

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Fueron casi cuatro años de comerme la inmundicia del país con cucharita de postre, de llorar por muertos que no eran míos, de hundirme en la desesperanza porque a éste país lo único que lo arreglaría sería un aguacero de gasolina y tres rayos. Y decidí quedarme en el exterior y criar a mi hija en un país en el que  no se concibieran un ‘falso positivo’.

Pero al llegar al país ese primero de septiembre, vi a mi hija jugar con su primo de un año, ser abrazada y besada y puesta cabeza arriba por sus tíos, ser llevada en hombros por mis amigos, ser asfixiada de amor por los abuelos, y entendí que esa calidez humana sólo podía encontrarla en la tierra de las mariposas amarillas.

Fuera de mi círculo, me encontraba con marchas por la paz y un rotundo apoyo al SI que las personas en la calle estaban felices de comunicar al prójimo. Vi a Leonard Rentería afirmar que le daría la mano a su victimario y a las madres de Bojayá perdonar a Pablo Catatumbo, y escuché a los familiares de los diputados narrar como los de las Farc estaban helados al abrazarlos. Escuché a Mancuso pedir perdón por sus actos y los de sus subalternos. Y pensé que tal vez el arrepentimiento si era sincero, que los cien años de soledad habían terminado y que tal vez si teníamos una segunda oportunidad sobre la tierra.

Y me fui con el corazón encogido, porque el tiempo no me alcanzó para todas las conversaciones y los abrazos que quería, pero con la esperanza de que la próxima vez encontraría un país en camino hacia la Paz, sin la distracción de las Farc.

Esta semana ha sido una montaña rusa. Y si bien tengo que confesar que albergué sentimientos mezquinos, me preocupaba más hondamente el próximo campesino que perdería la vida de no haber sido por las mentiras de unos, la indiferencia de la mayoría o las aguas alevosas enviadas por Dios según otros.

Pero la marcha del silencio me devolvió la esperanza, y el Nobel y el escándalo del fraude me hacen pensar que hay forma de salir del atolladero. Porque ni yo, ni el resto de los colombianos podemos seguir cargando más muertos.

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7 comentarios en “De por qué me dolió tanto el NO

  1. Saludos. Me he encontrado con sus ordenadas letras y esos dolores que yo pensaba ya había olvidado: los de tener tan lejos la tierra de uno, la falta de los aguaceros macondianos, la ausencia de nuestros abrazos, porque aunque otros humanos nos abracen no hay como la de los nuestros, los abrazos de estas tierras que son de amores pero también las de los desencuentros, la de los odios y una larga lista de cosas feas en la gente. Estar lejos nos hace expertos en nuestras añoranzas y en la sucesión de hechos que informa la prensa al instante, hasta habernos convertido en expertos en primicias y en los impactos sobre el alma y la piel, hasta comprender de a pocos que vivir en Colombia nos hace quizás inmunes, quizás indiferentes a los dolores de tantos. Esos dolores sumados por muchos, por mucha gente fue acumulando una enorme factura que nos fue cursada como sociedad por gentes que fueron violentadas, desplazadas, objeto de miedo y atroz aconductamiento sin que la sociedad colombiana hiciere algo por impedir ello. Imposible saber cuántos NO se debieron a eso, pero aquello es una verdad que no deberíamos ocultar, y no es revancha, ni venganza, ni imposibilidad de perdonar por su parte, solo facturas pendientes que tenemos como sociedad. Renuevo, saludos y me ha encantado leerle, me hace ilusión tenerle ante mis micrófonos.

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  2. Gracias por el articulo. He de reconocer que tengo culpa. No voté confiado en que el “Si” ganaría. No me acerque al consulado para votar. Estaba listo para celebrar cuando lo que no esperaba ocurrió. Pocas cosas hay en mi vida de las que me arrepiento y esta es una de ellas. Espero tener una oportunidad en el futuro próximo para redimir en algo esto.

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  3. Buen dia tenga usted, a quienes le leemos de hace 30min o mas que llevo de conocerla nos atrapa la propiedad de sus palabras y el analisis,rigurosidad y conocimiento de los hechos con que las expresa, y le rogamos a dios y a la vida que nos envie y nos permita educar a mas gente con sus calidades profesionales y humanas, a ver si en un tiempo (ojala no en 100 años ) podamos disfrutar de esta tierra bella sin las pretenciones de los belicosos,los rencorosos y los poderosos.

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  4. Mi querida, Ale. Te ofrezco mi disculpa por tratarte como si te conociera. Pero es que te conozco antes de que nacieras! Porque es que yo conozco a tu mamá y su familia desde que éramos chiquitas en el colegio. Y te confieso que siempre la he querido y admirado muchísimo, por su inteligencia y su calidad como ser humano. Y cuando uno quiere a alguien así, también le quiere a los hijos, y a los nietos y todos los etc. En resumen, como a ti también te quiero y admiro, te sigo desde lejitos, leo lo que escribes, veo tus fotos, y me encanta tu hija! Tengo una nieta como ella!. Ahora acabo de leer tu escrito y coincidimos en tanto!. Te deseo lo mejor a ti, y que nuestro país pueda salir de este ” permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación” y que al final podamos vivir sin guerra. Un abrazo y mil bendiciones.

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